Colima: Proceso de Excomunión en Caxitlán (Año 1683)
El día de hoy, me permito presentar a ustedes la paleografía y análisis de un documento resguardado en el acervo del Archivo del Antiguo Obispado de Michoacán, pero que pertenece a la historia del Estado de Colima.
Que nos muestra el Conflicto Iglesia-Estado, ilustrando la lucha de poder entre las autoridades reales (el Alcalde Mayor) y el clero local (el cura Beneficiado) por el control y la autoridad en la región y nos da una visión de cómo se realizaba un proceso de excomunión, destacándose en él lo siguiente:
El Conjuro: Comienza a leer en latín. Los sirvientes, ignorantes del idioma, solo alcanzan a entender los nombres "Dathán y Birón" (figuras bíblicas que fueron tragadas vivas por la tierra tras rebelarse contra Moisés). Esto subraya el miedo que el cura quería infundir.
Las Maldiciones: Lanza "muchas maldiciones", escupe y echa agua bendita, declarando a todos y a todo excomulgados.
El Clímax: Apaga la vela con ira contra un horcón (un poste de madera) de la casa. Este es el acto simbólico final del anatema: "apagando candela", simbolizando la expulsión de la luz de la Iglesia.
Revela el Poder del Ritual y el Miedo: Demuestra cómo la Iglesia utilizaba el miedo a la condenación eterna para manipular a la población y ejercer poder político y económico.
Cuerpo del texto enviado al Cabildo Eclesiastico:
“El Capitán Don Joseph Diez de la Barrera vecino de esta Villa de Colima, digo que ayer martes que se contaron diez y nueve de este presente mes de octubre; como a las tres de la tarde llegó a mi hacienda, estando yo en esta Villa con toda mi familia donde es mi asistencia; el Bachiller Ambrosio de Loaisa Trujillo cura Beneficiado por su Majestad del partido de San Joseph Tecolapa y Valle de Caxitlán donde esta dicha mi hacienda de palmas llamada San Joseph Zapotlanejo y habiéndose apeado de la bestia, llamó a los indios que traía ´por guia y les pidió la Sobrepelliz y se la puso. Y pidió lumbre y encendió una vela de cera que traía y la dio a tener a Nicolás de de Vitoria sirviente de dicha hacienda y al mayordomo de ella que es Juan de Fuentes le pidió que sacase una santa cruz, el cual la trajo al patio de la dicha hacienda a donde estaba dicho Beneficiado y sacando el manual y agua bendita que traia en un calabacillo, empezo a leer en latin que lo mas que entendieron todos los sirvientes fue "Dathan y Biron" y empezo a hechar muchas maldiciones a mí, a mi esposa e hijos, criados y hacienda, escupiendo y echando agua bendita, diciendo, nos descomulgaba a nosotros y a todos los cristianos sirvientes en dicha hacienda y a la misma hacienda y casas. Y a este tiempo apago la candela en un horcon de dicha casa con mucho enojo, dando muestras de habernos anatemisado y dandoselo a entender a dichos sirvientes y mas con algunas ceremonias que hizo, que nos enseña nuestra madre La Santa Iglesia, y diciendo a dichos sirvientes que quedaban excomulgados y que si cultivaban las palmas y les sucedia una desgracia, los habia de tirar en el campo y no darles sepultura eclesiastica, cosa que los ha aterrado y tanto que me han despoblado la hacienda con grande perdida y menoscabo que perdera el diezmo por ser hacienda cuantiosa y esto sin mas causa que haber hecho notoria siendo yo, Alcalde Mayor de esta provincia, una Real Cedula sobrecartada en que manda su Majestad a las justicias, con pena de quinientos pesos, no consientan traer a los ministros de doctrina, ministros con varas altas, y no sera razon que habiendo sugerido esto un año ha (hace) poco mas o menos, sin causa ninguna en la ocasion y ser yo, vasallo leal y ministro que era yo entonces de la Real Justicia y obedecer los mandatos de mi Rey y Señor que Dios guarde, se me haga tan grande perjuicio”.
Por todo lo cual, se ha de servir Vuestra Merced, de recibirme información que ofrezco y que los testigos declaren bajo de censura al hacer esta mi petición, la verdad y dada condenar a dicho Beneficiado en las penas en que por derecho hubiera incurrido, pues dado caso que yo hubiera incurrido en algo, no es juez competente para anatemizarme apagando candela, a mí, mi esposa e hijos, estando en esta Villa, y a la gente y hacienda dándoles a entender que quedaban anatemizados, de lo cual se me vinieron luego, al instante, a dar noticia dos de ellos, como lo fue el mayordomo y otro sirviente, asimismo despachar mandamiento o recaudo a la dicha mi hacienda para que les den a entender por ser gente ignorante, no están excomulgados por no haber sido por juez competente ni haber causa para ello y que me pague todos los daños, pérdidas y menoscabos que hubiera tenido.
Los cuales protesto y alegar todo más que a mi derecho convenga, deba y pueda.
A Vuestra Merced, pido y suplico, se sirva de proceder en justicia.
Firma: Joseph Diez de la Barrera
Conclusión: Cuando la Ley se impuso al Miedo
El desenlace de este conflicto marca un hito importante en la historia administrativa y religiosa de Colima. Al final, el Cabildo Eclesiástico del Obispado de Michoacán no sólo escuchó las quejas del hacendado, sino que ordenó una investigación exhaustiva que terminó dándole la razón a Diez de la Barrera.
¿Qué nos enseña este caso hoy?
El límite del poder espiritual: El veredicto del Obispado dejó claro que los rituales sagrados no podían ser utilizados como herramientas de extorsión personal o política.
La importancia de la jerarquía: A pesar de la gran influencia del clero, existían mecanismos legales y superiores eclesiásticos que velaban por el orden y evitaban que los curas de pueblo actuaran como jueces absolutos.
Resiliencia económica: La Iglesia, interesada en el cobro de diezmos, no podía permitir que el capricho de un clérigo destruyera una "hacienda cuantiosa".
Justicia Eclesiástica: A pesar de la influencia del clero, el Cabildo de Michoacán actuó para corregir los abusos de sus propios ministros, protegiendo tanto la ley como la economía de la región.
Restauración del orden: El Capitán logró que se aclarara a sus trabajadores que, a pesar de las velas apagadas y las maldiciones, seguían formando parte de la comunidad cristiana.
Finalmente, la justicia logró apagar el fuego del fanatismo que el cura Loaisa intentó encender en Caxitlán.

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